DIOS

¿Existe Dios?

La solidez de una casa no puede ser mayor que la de sus cimientos. Todas las diferentes partes de una casa se verán afectadas por los cimientos sobre los cuales se asienta.

Lo que el cimiento es para una casa, la pregunta «¿Existe Dios? » lo es para la vida. Nuestra creencia o no creencia en Dios constituye el cimiento de nuestra manera de pensar, le da color o marco interpretativo a todas nuestras ideas acerca de la vida.

Por tanto, la interrogante más profunda que alguien puede plantearse es «¿Existe Dios? ». La razón por la cual esta pregunta es tan significativa se debe a que la respuesta que se le dé, afectará todas las respuestas a todas las demás interrogantes que nos planteemos acerca de la vida.

Por ejemplo, digamos que un hombre responde a esta pregunta diciendo: «No, Dios no existe». Entonces, al responder este hombre a la pregunta: «¿Cómo debo vivir mi vida? », llegará a la siguiente conclusión: «Puedo vivirla como me dé la gana. Después de todo, no soy un ser creado, y no soy responsable de darle cuenta a ninguna potestad superior. La única obligación que tengo es la de contribuir a la felicidad y productividad de mis semejantes, lo cual debo hacer hasta cierto punto. Habiendo cumplido lo anterior, lo que haga con mi vida depende totalmente de mí. Como sé que no volveré a vivir después de la muerte, debo extraer de la vida todo el gusto por vivir que yo pueda».

Ahora, supongamos que otro hombre responde a la pregunta mencionada diciendo: «Sí, Dios existe». Su respuesta a la pregunta: «¿Cómo debo vivir en este mundo? », será totalmente diferente. Puede que diga: «He sido creado por un Ser Todopoderoso. Es claro que Éste tuvo un propósito para mi existencia, y debo descubrir ese propósito. Sólo al descubrir Su voluntad y cumplirla en mi vida, podré encontrar la paz y el propósito que mi Creador se propuso para mi vida. Sé que algún día Él me llamará para que le rinda cuentas de la manera como viví en Su mundo».

 

Analicemos cuidadosamente la pregunta: «¿Existe Dios? ». ¿Existirán razones convincentes para creer que Dios existe? No es con un argumento sobre la existencia de Dios que la Biblia da comienzo. Comienza, más bien, haciendo una afirmación acerca de Dios: «En el principio creó Dios los cielos y la tierra» (Génesis 1.1). Sin em- bargo, esparcidas por toda la Biblia, hay pruebas racionales de la existencia de Dios. Algunas están expresadas directamente; otras, indirectamente; y aún otras, están implícitas. Resumamos varias de ellas en una consideración que le daremos solamente a dos. Si usted reflexiona profundamente sobre estas dos razones, ellas le llevarán a creer con toda confianza que Dios realmente existe.

LA PRUEBA DEL MUNDO

La primera prueba que nos motiva a creer que Dios realmente existe, es la que proporciona el mundo que nos rodea y que está por encima de nosotros. La Tierra y el universo proclaman elocuentemente la existencia de Dios.

Vivimos en un planeta al que llamamos la Tierra. Ésta forma parte de un sistema solar, el cual gira alrededor del Sol. Es indiscutible que este sistema solar está organizado y responde a un diseño. Todos los planetas se mantienen en sus órbitas y jamás se estrellan el uno contra el otro. Giran alrededor del Sol a una velocidad y distancia correctas. La relación de la Tierra con el Sol da lugar a la sucesión del día y la noche y de las estaciones climáticas. Este planeta siempre se encuentra a la distancia correcta del Sol. Si nos alejáramos tan sólo un mínimo nos congelaríamos; si nos acercáramos, nos freiríamos.

Los científicos nos dicen que en el espacio hay grandes cantidades de sistemas solares más allá del nuestro. No tenemos certeza de las dimensiones del universo. Nuestros telescopios no pueden llevar nuestra visión hasta sus confines; nuestras mentes no pueden abarcar su anchura. Aunque hay mucho que conocer acerca del universo, una cosa sí es segura —se trata de un universo caracterizado por el orden y el diseño. No es fortuito ni caótico; está unificado y organizado.

La existencia del universo exige que lleguemos a una de dos conclusiones: O fue creado, o se originó espontáneamente. Si uno arguye que el universo tuvo un origen espontáneo; deberá llegar a la conclusión de que se originó de la nada, o de que resultó de alguna clase de explosión cósmica de materia que ya existía. De las dos conclusiones más importantes, la única que resulta razonable creer es la de que el universo fue creado. ¿Cómo podemos creer que el universo provino de la nada y a la vez ser íntegros? ¿Cómo podemos creer con racionalidad que el universo resultó de una explosión cósmica y que la materia es lo único que ha existido?

Suponga que un hombre se acerca a mí con un libro en sus manos. Me da el libro y me pide que le eche una mirada. Comienzo a examinarlo. Noto que el libro tiene una leyenda en la portada que dice: «Concordancia Completa de Cruden». También noto otra leyenda impresa en la parte que corresponde a la casa editora, y que dice: «Zondervan». Al voltear las páginas, observo que contiene un listado en orden alfabético de todos los diferentes nombres, lugares y frases de la Biblia inglesa KJV, acompañados de la respectiva referencia de su ubicación en ésta. En la portada se declara que son más de 200.000 las referencias que se consignan en el libro. Podría decirle al hombre: «Creo que voy a tratar de contactar a la casa editora de este libro para ver si logro adquirir un ejemplar de él».

Luego el hombre me responde: «No se puede comprar un ejemplar de este libro porque no fue publicado por Zondervan ni compilado por Alexander Cruden. Tuvo un origen espontáneo. Lo hallamos ya completo. Su existencia provino de la nada». Yo le diría al hombre: «¿Me está diciendo que todo este listado de nombres, de lugares, de frases de la Biblia inglesa, no fueron compilados por alguien? ¿Me está diciendo que estas 200.000 y más referencias llegaron a existir proviniendo de la nada? ¿Me está diciendo que este libro no fue compuesto, ni impreso, ni encuadernado? ».

Si el hombre respondiera: «Sí, eso es lo que estoy diciendo», yo le diría: «Sé que usted está en un error. Lo respeto como ser humano, pero mi capacidad para razonar me impide aceptar su conclusión acerca del origen de este libro. Puedo decirle sin temor de que se me pruebe lo contrario, que este libro no tuvo un origen espontáneo». Puedo estar seguro de que es correcta la respuesta que le daría a este hombre, porque mi capacidad para razonar me impide llegar a alguna otra conclusión respecto del origen del libro.

Suponga que otro hombre se me acerca y me entrega una rasuradora. El hombre me dice: «Quiero que le eche una mirada a esta rasuradora. Puede conectarle un cordón eléctrico por debajo, y por medio de la energía eléctrica puede usted encenderla y afeitarse su rostro. Le eliminará el pelo de su barba sin cortarle su piel. Dentro de la parte inferior hay una especie de pila. La energía eléctrica se almacena en esta pila mientras la rasuradora esté conectada a una toma de corriente, lo cual permite que se pueda usar en el futuro. Así, cuando esté lejos de la toma de corriente, usted podrá encenderla y funcionará sin tenerla conectada. Puede usarla en casa, y también mientras se encuentra viajando». Yo podría decirle al hombre: «Esta sí que sería una herramienta de lo más útil. Yo viajo bastante, y una herramienta como esta me sería de gran utilidad. Veré si puedo comprarme una parecida a ésta».

Imagine que el hombre me dice: «Oh, no. Esta rasuradora no se puede comprar. No fue creada. Llegó a existir espontáneamente. No lejos de aquí había una fábrica en la que se almacenaba toda clase de materiales —plásticos, metales, madera, etc. Hace algunas semanas sucedió una explosión en el edificio de la fábrica. Estos materiales volaron por el aire. Estando en el aire, algunos de estos materiales se fusionaron, de algún modo se enlazaron y cayeron al suelo adoptando la forma de esta herramienta. Entre los escombros y restos del devastado edificio, encontramos esta rasuradora. No fue diseñada ni manufacturada; fue resultado de la explosión». Yo le diría a este hombre: «¿Me está pidiendo que crea que esta rasuradora no fue diseñada, ideada ni cuidadosamente ensamblada? ¿Está usted afirmando que fue resultado de la casualidad y el caos, no de la inteligencia de alguien? ». Si el hombre insistiera en que la rasuradora provino de le explosión, yo le diría: «Usted debe estar en un error en cuanto a la rasuradora. Ninguna persona que razone podría llegar a tal conclusión. No puedo concebir que una rasuradora llegue a existir de ese modo». Estaría completamente seguro de mi respuesta a este hombre. Mi capacidad para razonar me impediría sacar alguna otra conclusión.

La conclusión a la que con certeza hemos llegado en cuanto al libro y a la rasuradora, es una a la que con aún mayor certeza podemos llegar en cuanto al universo. Por más retórica y terminología científica que se usara no habría manera de hacernos creer que el universo provino de la nada ni que fue el resultado de una explosión. El universo está muchísimo mejor concebido y diseñado que un libro o una rasuradora. Si no podemos creer que un libro sencillamente llegó a existir de la nada, ni que una rasuradora fue el resultado de una explosión, ¿cómo podremos creer que el universo provino de la nada o que fue el resultado de una explosión de materia inconsciente? Todos los que han estudiado el universo detalladamente han salido de tal estudio dándose cuenta de que es una maravilla de diseño y precisión complejos.

La conclusión a la cual hemos llegado por la razón, la Biblia la afirma. En Salmos 19.1, dice: «Los cielos cuentan la gloria de Dios, y el firmamento anuncia la obra de sus manos». En otras palabras, si nos sentamos sobre la grama durante una noche clara y miramos hacia el cielo estrellado nos hallaremos en un maravilloso culto de adoración. El predicador será el oscurecido cielo con su miríada de estrellas. Nosotros seremos la congregación. El auditorio será la grama sobre la cual nos encontremos sentados. El predicador declarará en silencio, pero con elocuencia, que las estrellas no llegaron a existir de la nada; sino que fueron creadas. El cielo estrellado proclamará la gloria de Dios. Al salir del culto de adoración, diremos: «Tiene que ser cierto el mensaje que oí de este predicador. La razón no me permitirá aceptar un mensaje diferente».

 

Pablo, uno de los autores del Nuevo Testamento, escribió: «Porque las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas, de modo que no tienen excusa» (Romanos 1.20). Las cosas visibles, tangibles, del universo, prueban la existencia de la mano invisible de Dios. Nos hablan de Su poder sin límite, y de Su carácter sobrenatural. Nos damos cuenta de que Dios existe por medio de la revelación general —el mundo que nos rodea y que está por encima de nosotros. Pablo también dijo: «Si bien no se dejó a sí mismo sin testimonio, haciendo bien, dándonos lluvias del cielo y tiempos fructíferos, llenando de sustento y de alegría nuestros corazones» (Hechos 14.17). El mundo de nuestro planeta y el mundo del universo dan testimonio de la existencia de Dios.

Cuenta un popular relato para niños que Robinson Crusoe naufragó cerca de una isla desierta. Cuando fue arrastrado del sitio del naufragio hasta la costa, comenzó de inmediato a buscar a otros sobrevivientes. No encontró ninguno. Él era el único que había sobrevivido al naufragio. Buscó por toda la isla para ver si encontraba a otros seres humanos; pero no encontró a ninguno. Llegó a la conclusión de que estaba totalmente solo en la isla. Se construyó una especie de casa con ramas y troncos. Vivió de frutos silvestres que crecían en la isla. Cazaba animales salvajes para proveerse de carne y de vestido. Un día, cuando caminaba por la orilla del mar, vio en la suave arena las huellas de otro ser humano. De inmediato se percató de que una de tres conclusiones era cierta: Alguien podía haber dejado aquellas huellas y se había ido. Tal vez el que había dejado las huellas había muerto, y Crusoe lo iba a encontrar muerto en la isla. Podía ser que el que había dejado tales huellas se encontraba todavía vivo en la isla. El hecho de que había otro, que no era él mismo, que había estado en la isla, hizo que su corazón casi se le detuviera de alegría. Las huellas eran la prueba. Podía tener absoluta certeza de ello. Buscó por toda la isla, y al tiempo, un viernes, encontró al indígena que había dejado las huellas. Lo llamó Viernes, en recuerdo del día que lo encontró.

A nosotros nos pasa en gran manera lo mismo que al personaje Robinson Crusoe del relato. Tenemos ante nosotros las huellas de la tierra, las estrellas, el sol y la luna. Estas huellas fueron dejadas por un Ser Todopoderoso. Habría sido insensato de parte de Crusoe el haber visto aquellas huellas y haber concluido que vinieron de la nada. Así también, sería insensato de parte de nosotros, el pasar por alto la razón y concluir que la tierra y el universo simplemente sucedieron, que provinieron de la nada.

El mundo que nos rodea y que está por encima de nosotros apunta hacia una única conclusión: Hay un Dios Todopoderoso detrás de esta tierra material y el universo material que se encuentra alrededor de ella. Podemos tener certeza de lo anterior, tanta certeza como la que tenemos de que un libro no puede sencillamente originarse proviniendo de la nada, y de que una rasuradora no puede ser el resultado de una explosión.

LA PRUEBA DEL HOMBRE

En segundo lugar, podemos creer con certeza que Dios realmente existe por la prueba que nos brinda la existencia del hombre. La existencia del hombre proclama la existencia de Dios.

El hombre es una maravilla mucho mayor que el universo material. Piense en sus facultades intelectuales. Puede razonar, creer, amar, soñar, planear y diseñar. Hay personas que hablan tres o cuatro idiomas con soltura. Los científicos nos dicen que el cerebro de una persona es más complejo que la más excelente de las computadoras que se pueda construir.

Piense en la naturaleza espiritual del hombre. El hombre siempre ha sido un ser que adora. La más primitiva de las tribus levanta su mirada de culto hacia algún poder superior. El hombre tiene en su interior un sentido del deber. Tiene una conciencia moral dentro de él. A veces esta conciencia no es tan cultivada pero está siempre presente.

Piense en el cuerpo físico del hombre. Uno puede pasarse toda una vida estudiando cualquier parte del cuerpo humano y jamás agotar el conocimiento que podría generarse.

Piense en la vida misma. No podemos crearla, ni podemos revivirla cuando se muere. No podemos explicarla plenamente, ni podemos dominarla total- mente. La maravilla del hombre declara la existencia de su Hacedor.

Suponga que estamos en un aula de clase escuchado a un distinguido profesor dictando una conferencia sobre el origen de la vida. Haciendo a un lado la jerga científica que él usa, esto es lo que en esencia dice: «Al comienzo alguna clase de diminuta célula existió, la cual tenía alguna forma de vida dentro de ella. Se multiplicó, creció y se desarrolló. Una especie de criatura marina emergió. Se multiplicó, creció y se desarrolló. Una especie de criatura terrestre emergió. Se multiplicó, creció y se desarrolló. Por último, pasaron millones de años, y las criaturas conocidas como seres humanos fueron el resultado».

 

Al escuchar al profesor, nos enfrentamos con tres problemas que su teoría no resuelve. Soslaya estos problemas como si no tuvieran importancia ni valiera la pena mencionarlos; sin embargo, su manera de tratarlos vuelve imposible e irrazonable la aceptación de su teoría. El primer problema es explicar el origen de la vida. Su teoría da por sentado que la vida provino de la nada. A  cualquier persona le resulta imposible creer que un libro provino de la nada y que una rasuradora provino de una explosión, y la vida es mucho más compleja que un libro y una rasuradora. El hombre puede crear un libro y una rasuradora, pero no puede crear la vida. Sin embargo, el profesor nos pide que creamos que la vida provino de la nada.

El segundo problema es explicar la existencia de la ley natural. La teoría del profesor da por sentado que la ley natural provino de la nada. Nuestro mundo está gobernado por leyes naturales. Si usted no come ni de modo alguno toma alimentos para su cuerpo, morirá. No puede pasar por alto ni escapar de esta ley. A nadie se le exime de ella. Si usted no duerme, su cuerpo sucumbirá exhausto. Usted no puede violentar esta ley natural. Tampoco puede estar por encima de la ley natural de la muerte. La tasa de mortalidad de los seres humanos es del 100 por ciento. No hay excepciones. El profesor presupone que la ley natural sencillamente sucedió.

El tercer problema es la explicación para la existencia de la familia. La especie humana está compuesta por familias. No podemos encontrar un período de la historia humana conocida, en el que la familia no existiera. El profesor desea que creamos que el varón alcanzó la madurez al mismo tiempo que la mujer. Que sencillamente descubrieron que era agradable estar juntos y así el varón y la mujer continuaron desarrollando relaciones familiares por el resto de la historia conocida. El varón es diferente de la mujer, y viceversa; sin embargo, son semejantes en compatibilidad y acompañamiento. El profesor dice que alcanzaron la madurez al mismo tiempo y que esto dio como resultado la familia. En otras palabras, sostiene que la familia provino de la nada —es decir, sucedió por casualidad. Nuestras mentes se resisten a darle cabida a la idea de que la vida provino de la nada, que la ley natural provino de la nada y que la familia humana provino de la nada. La única explicación racional que se puede dar a la existencia del hombre es que éste fue creado por un Ser Todopoderoso, el cual lo puso en esta tierra para un propósito especial.

La conclusión a la cual hemos llegado por la razón, en la Biblia se expresa con claridad; pues esto es lo que nos dice el primer capítulo de ella: «Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; […]» (Génesis 1.26). Según la Biblia lo establece, la vida humana provino de la vida divina. Y nos dice todavía más: «Y creó Dios al hombre a su imagen, a imagen de Dios lo creó; varón y hembra los creó. Y los bendijo Dios, y les dijo: Fructificad y multiplicaos; llenad la tierra, y sojuzgadla, y señoread en los peces del mar, en las aves de los cielos, y en todas las bestias que se mueven sobre la tierra» (Génesis 1.27– 28). Dios le dio al ser humano una naturaleza espiritual, una semejanza con Él. Creó la familia al crearlos varón y hembra; y también creó las leyes naturales que gobernarían toda la vida en la tierra.

La razón nos obliga a creer que la vida humana fue creada por la mano del Todopoderoso para un propósito divino. Al igual que el salmista, podemos afirmar sin temor a equivocarnos: «Porque tú formaste mis entrañas; tú me hiciste en el vientre de mi madre. Te alabaré; porque formidables, maravillosas son tus obras; estoy maravillado, y mi alma lo sabe muy bien» (Salmos 139.13– 14).

Un misionero dijo una vez: «He estado en varios países del mundo, y en todos he tenido una experiencia parecida. Por ejemplo, cuando a los niños se les enseña que dos más dos da cuatro, siempre responden igual. Analizan lo enseñado y luego llegan a la conclusión de que la respuesta es correcta. Hay algo en sus mentes que adopta ese concepto y lo acepta como verdadero. Del mismo modo, cuando a personas de diferentes países se les enseña que Dios creó la tierra, el universo y el hombre, lo analizan, y luego llegan a la conclusión de que este concepto debe ser correcto. Nuevamente, hay algo en sus mentes que adopta tal enseñanza y la acepta como verdadera. Esta ha sido la respuesta que he recibido en toda nación y país que he visitado».

Cuando uno reflexiona sobre la existencia del hombre —su vida, su inteligencia, su naturaleza espiritual, su conciencia moral, y su cuerpo físico— indefectiblemente llegará a la conclusión de que una entidad así no pudo haber llegado a existir por casualidad, sino que fue creada por un Ser Todopoderoso. Uno puede tener certeza de que Dios realmente existe. La existencia del hombre es prueba de ello.

CONCLUSIÓN

Considere seriamente las dos pruebas que hemos presentado —la prueba del mundo y la prueba del hombre. La conclusión obligada es tan cierta e innegable que la Biblia llega, incluso, a afirmar: «Dice el necio en su corazón: No hay Dios» (Salmos 14.1).

La razón también nos lleva a creer que el Dios que nos hizo, nos llamará un día a juicio y nos pedirá que demos cuenta de la forma como hemos vivido. Esta es precisamente la razón por la que Dios envió a Jesús al mundo y nos ha dado la Biblia. Él ha querido que sepamos por qué estamos aquí y qué se espera de nosotros. Jesús dijo: «El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quien le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero» (Juan 12.48).

La más maravillosa verdad que Jesús y la Biblia nos revelan, es que Dios desea adoptarnos como Sus hijos. ¡El mismo que hizo el sol, la luna, las estrellas, la tierra, y el universo entero, es el que desea tener comunión

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